CARTAS

El Laberinto

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ABRIGO ROJO

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«Es obvio -había anotado- que la palabra azur evoca la palabra cielo pero no la revela. La palabra vacío, en cambio, podría revelarla.» Si escribo: Antes de ser negro, azul fue el vacío de mi alma, cubro, con esta única frase, toda la extensión del cielo».
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-Edmond Jabès-
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domingo, 15 de enero de 2012

LAS ESCALERAS









LAS ESCALERAS





















   Donde se fuera anoche aquello que empezaba a brillar de forma tal que, de tan lejos, era casi imposible tocarlo, no lo voy a encontrar ni como lugar ni como tiempo y ni siquiera como recuerdo. De haberme podido aproximar a aquello, hubiera sido dando un enorme rodeo, muy de puntillas para que no se desvelara jamás su simplicidad hecha de espejos.


Ningún imperio del reino de lo posible me lo puede acercar y tampoco ningún aval de imposibles me lo puede quitar, su esencia es la de estar siempre en constante comienzo, inmortalizado por los millones de iris en su vestido añil, que hacía juego con el sombrero palo tan invisible siempre a los ojos del sol como a los aguaceros de la luna.


Mi maravilla es jugar, dar cientos, cientos y cientos de noches vueltas y vueltas alrededor de mi pequeño trozo de escarcha que se sitúa allí, en el lugar de los mapas donde llegan los ojos pero no pueden llegar ni trasatlánticos deslumbrantes ni lámparas de marfil, sino la pura luz diminuta de mi retina con su calor témpera.


Una hoguera infinita que no podrían atizar ni el oro ni el carmesí ni el fulgor de la voz del mejor narrador de los sueños, porque ella es tan de verdad, que me hace añicos cada cristal que la cubre, y sube, sube, sube más alto que donde el sol se abrasa y cae herido entre cenizas. Un fuego con corazón de diana que ha recorrido durante noches y noches y noches todos los círculos del amor y todas las rondas con su pequeña batuta enamorada de la pasión de jugar, muy seriamente, muy dedicadamente, como cantando una simple canción.


Si yo pudiera hacer que me dejase llegar hasta allí, aún sabiendo que con mis manos reales y con el polvo que llevan mis pies terrestres y con mi sombra real junto a mi cesto de cachemir en el que llevo manzanas, junto a mi silueta pegada al suelo marcando la dirección y nueces y peladillas y una pelota de dos colores; si yo pudiese llegar, aún no sabiendo, entonces encontraría lo que hay detrás de los acantilados labios de su figura, ésta que ahora vengo siguiendo, obedeciendo el rastro de diminutas luciérnagas que fue repartiendo en derredor a mi casa para que nunca, nunca, nunca lo deje de ir a buscar.




















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